ÁNGEL ANÁLISI

 

EL ÁNGEL ANÁLISI

 

El ÁNGEL ANÁLISI, el mismo espacio para la crítica y análisis del anime, el mangaka, la cultura pop japonesa y todo lo que tenga que ver con el Lejano Oriente... Ya ahora sí tú puedes participar en esta atrevida sección enviando tu ÁNGEL ANÁLISI al correo del Club, allá abajo... En esta ocasión un excelente análisis de Mazinger Z:

 

       Soy Club, soy el ángel

 

  EL ÁNGEL ANÁLISI...

 

 

El formidable éxito que acompañó al sorprendente Mazinger Z desde su lanzamiento en 1972 llevó la serie a un total de 92 capítulos, todos de 20 minutos y en colores, producidos hasta 1974. Después hubo secuelas, largometrajes, imitaciones y otros derivados que nunca llegaron totalmente a Hispanoamérica, pero la serie original sigue siendo un hito del género y su influencia se siente todavía. En muchos sentidos fue la culminación de la obsesión nipona con los robots de gran tamaño, manifestada ya en series televisivas con actores pero con una fuerte impronta del cómic (como El Robot Gigante, un bicho con cara de faraón que recibía órdenes de un niño). El autor Go Nagai mejoró esos precedentes al incorporar un piloto humano en la cabeza de la máquina y al enfrentarlo contra otras máquinas gigantes autómatas, comandadas a distancia. Si uno entra en la lógica de estos disparates, no tardará en deducir que las constantes victorias de Mazinger Z se deben en buena medida a los reflejos de su piloto humano, constituyéndose en una verdadera metáfora integracionista. Quienes entienden japonés aseguran además que en la etimología de la palabra Mazinger (o Mazinga) se combinan los términos “dios” y “demonio”, implicando que la máquina puede funcionar como ambos, dependiendo de la voluntad de su piloto o chofer.

 

Mazinger Z, después... Esa reflexión filosófica es una de las pocas cosas que llega a decirle el Dr. Kabuto, inventor de Mazinger, a su nieto Koji mientras agoniza, víctima de un atentado mortal en el primer episodio. “Ahí está Mazinger; con él podrás ser un dios o un diablo. Depende de ti”, y se muere. Koji, que en ese momento tendrá unos 15 ó 16 años, opta por ser un dios y de semejante responsabilidad se desprende una de las características más fuertes de la serie, típica de la producción animada nipona: la originalidad en el desarrollo de los personajes. A lo largo de los 92 capítulos, Nagai y sus guionistas se encargan de subrayar que a Koji no le sale gratis el obsequio de su abuelo, sino que, por el contrario, lo convierte en un adolescente fanfarrón, omnipotente y machista, demasiado consciente de su propia importancia como “defensor de la Humanidad”. Esos rasgos reprobables fueron una bienvenida variante respecto a la anodina, casi perruna nobleza de los superhéroes animados norteamericanos.

 

A LA CONQUISTA DEL MUNDO

Al comienzo de la serie, el Mal aparece encarnado en el Dr. Hell (o simplemente Infierno en la traducción española) quien integró una expedición arqueológica junto al Dr. Kabuto para descubrir los restos de la civilización mikenesa, de características más o menos griegas, pero con una avanzada y desconocida tecnología robótica. Ante ese descubrimiento, el Dr. Hell se pone expeditivo, mata a todo el mundo, se apodera del lugar y decide aprovechar dicha tecnología para ¡conquistar el mundo! El Dr. Kabuto se le escapa y, de vuelta en Japón, construye a Mazinger para contrarrestar los esfuerzos de su colega, contando para ello con dos elementos de invención propia: la energía fotónica (o fotoatómica, para nosotros) y una aleación metálica indestructible, patrióticamente bautizada Japanium o Japonium, según la traducción.

El Dr. Hell se rodea de toda una corte de nobles desquiciados que son, en orden de aparición: 

-El Barón Ashler, que es mitad hombre y mitad mujer y habla en stereo sin que nadie se moleste en explicar jamás el origen de semejante engendro; lo secunda un ejército de enmascarados con pinta de guerreros antiguos que en realidad son de origen cibernético. Al principio de la serie se los llama tetsukane y después, más claramente, “Máscara de hierro”. Los tetsukane son estúpidos pero nobles: en un capítulo un tetsukane capturado por los buenos se escapa, se sube a una torre de alta tensión y se electrocuta cantando “¡Viva el Dr. Hell!”

 

El Barón loco-El Conde Decapitado, un militar de aspecto prusiano que anda con la cabeza bajo el brazo; comanda un ejército también cibernético uniformado como el de los alemanes, cuya insignia es la Cruz de Hierro, símbolo parecido al de algunas condecoraciones germanas (1). Corresponde mencionar que tanto Ashler como el Conde Decapitado se refieren a sus respectivos ejércitos siempre en singular (“¡Máscara de hierro!” “¡Cruz de hierro!”), sean la cantidad que sean. Esto seguramente se debe a que el singular refuerza la idea de totalidad, la concepción de ejército como cuerpo ejecutor de órdenes sin individuos y sin discernimiento (como el que quería Marlon Brando en “Apocalypse Now”). También puede deberse a una traducción defectuosa.

-El Duque Gorgón, personaje misterioso con casco de centurión romano que parecía dedicado a la zoofilia hasta que se levantó de su trono por primera vez y se reveló como mitad hombre y mitad tigre. El Duque se presenta independiente del Dr. Hell, aunque colabora con él y sus lugartenientes proporcionando monstruos un poco más poderosos que los suyos. Casi todos estos nuevos bichos emulan a distintos animales (un lobo marino, un elefante, una tortuga, etc.) como si estuvieran compuestos por partes mecánicas y partes orgánicas, aunque nada de esto se aclara nunca en la serie. Al final se descubre que el Duque es, a su vez, servidor de una especie de Satanás literalmente conocido como el Emperador de las Tinieblas, con lo que la saga deja definitivamente la dimensión mecánica para ponerse metafísica. Esas nuevas alternativas fueron exploradas por Go Nagai en dos series que fueron secuela de ésta, pero ninguna de ellas llegó a verse aquí.

-El Vizconde Pigman, mezcla de zulú y pigmeo, vestido a la africana y con extraños poderes hipnóticos. No duró mucho en la serie y sus facultades nunca quedaron del todo claras, aunque tenía una risa característica muy molesta.

 

EL EQUIPO DE LAS ESTRELLAS

 Koji cuenta a su vez con un grupo que  lo ayuda en sus batallas y contiene sus    delirios de grandeza: -El profesor           Yumi, asistente del Dr. Kabuto y director del laboratorio de energía fotónica, principal obstáculo para cualquier interesado en conquistar el mundo. Bajo sus órdenes están además los científicos Nosori, Sewachi y Mori Mori, responsables de las reparaciones y modificaciones que se van haciendo necesarias a lo largo de la serie.

 

Los pechos de Afrodita volaban -Sayaka, hija del profesor Yumi y conductora de Afrodita A, un robot de formas femeninas que recuerda a la legendaria María del film Metrópolis. En principio, Afrodita A había sido desarrollada para realizar tareas pacíficas, pero los permanentes ataques del Dr. Hell obligan a modificarla con el dispositivo más célebre de toda la serie: las tetas-cohetes. El hecho de que la pobre Afrodita A no sirva para nada, que Mazinger tenga que rescatarla siempre y -dato definitivo- que lo único útil sean sus pechos (2) ha sido interpretado del único modo posible: Go Nagai es un señor tan o más machista que el propio Koji, pero parece que así es la cosa en todo el Lejano Oriente, chicas. Eventualmente un robot del Duque Gorgón termina por hacer pomada a Afrodita y, luego de algunos episodios en los que Sayaka aparece muy traumatizada por esa pérdida, es reemplazada por Diana A, un poco más útil que su precedente.

-Shiro, hermano de Koji. Es una versión mejorada del recordado Chispita, hermano de Meteoro, aunque afortunadamente sin Chito.

-Boss, Mucha y Nuke, tres jóvenes compañeros de colegio de Koji, aficionados a las motocicletas. Boss, sobre todo, se erige con el correr de la serie en un verdadero comedy sidekick y asciende a un rol coprotagónico al tener su propio robot, elaborado con desperdicios.

-Jitomi, joven pariente de Boss que ingresa al instituto de investigaciones como doméstica, pero pronto demuestra que además de limpiar y hacer la sopa sabe combatir mejor que un miembro de SWAT.

 

ALGUNAS CONSTANTES

La mayor parte de los capítulos son unitarios, pero ciertas líneas argumentales continúan de episodio en episodio, como los esfuerzos de Koji para aprender a manejar a Mazinger, la necesidad de inventarle alguna forma de propulsión submarina, el desarrollo de alas que le permiten volar, etc. Pero más allá de esas circunstancias coyunturales, hay por lo menos tres cuestiones mayores que se desarrollan a lo largo de toda la serie:

-El potencial romance entre Sayaka y Koji, complicado por el orgullo y el mal carácter de ambos y la sincera convicción del muchacho de que las mujeres no sirven para nada. Diversos episodios en los que tanto Sayaka como Jitomi lo rescatan de peligros mortales terminan por obligarlo a poner en duda, a regañadientes, esa convicción. En todo caso, las caracterizaciones de Sayaka y Koji permiten que los realizadores depositen en ellos diversos detalles de conducta que por lo general están ausentes de las producciones de este tipo. De hecho, el mejor episodio de la serie se titula Sayaka y Koji tienen una pelea (n° 52) y está elaborado sobre un violento enfrentamiento entre ambos protagonistas. El capítulo es una pequeña obra maestra que además se beneficia con algunos de los mejores dibujos de toda la serie. Comienza como una comedia de enredos con un toquecito de erotismo (Sayaka sale de la bañera, momento muy esperado por la hinchada) y continúa con una serie de gags violentos, dignos de Los Tres Chiflados, que implican incluso al Barón Ashler. El enfrentamiento entre Sayaka y Koji se prolonga al combate contra un monstruo mecánico, pone en peligro la vida del joven y lo deja herido de gravedad. Se produce entonces, por única vez en la serie, un cambio de roles: llena de remordimientos Sayaka sale a combatir a bordo de Mazinger y Koji, cuando se recupera, se le une en la batalla al mando de Afrodita. Después del combate -que se mantiene siempre en un muy segundo plano- el capítulo termina como empezó, con los protagonistas a las patadas pero simultáneamente con ambos robots amorosamente abrazados.

 

Dos cabezotas-El conflicto de poderes entre los villanos. El Dr. Hell, tras verificar la inutilidad de los imaginativos esfuerzos del Barón Ashler por derrotar a Mazinger, incorpora a sus filas al Conde Decapitado pero, en lugar de eliminar a Ashler, procede a enfrentarlos entre sí con verdadera astucia menemista para agudizar sus respectivas mentes criminales. Esta estrategia tampoco resulta y, de hecho, en algún episodio la derrota de los villanos tiene que ver directamente con la incapacidad del Barón y el Conde para unir esfuerzos. La aparición del Duque Gorgón, como delegado de poderes ocultos, complica un poco las cosas ya que ambos tratan de ganarse sus favores.

El Conde Decapitado comienza su intervención lleno de vigor y carácter, burlándose de los fracasos de Ashler, pero en poco tiempo sus propios fracasos terminan convirtiéndolo en poco más que un bufón del Dr. Hell. Esa condición se revela especialmente cuando en el episodio n° 82 llega a tener a Mazinger en su poder, pero luego no sabe cómo conducirlo, o cuando la furia lo lleva a agarrarse a trompadas con su propia cabeza en el capítulo n° 70.

Ninguno de los villanos alcanza nunca a ensombrecer la figura del ambiguo Barón Ashler, en cuya interioridad Nagai nos introduce desde el principio, cuando vemos cómo su frustración le provoca horrorosas pesadillas. Aunque es un asesino despiadado, Ashler tiene momentos de candidez. En cierto episodio verifica que uno de los enormes diamantes de su nuevo robot ha sido robado por dos buscadores de oro y exclama, sinceramente ofendido: “¿Pero quién pudo haber hecho cosa semejante? ¡Cuánta maldad!” El Dr. Hell lo devuelve a la realidad: “¡No es momento de hablar boberías, Barón!”. La muerte de Ashler en brazos del Duque Gorgón tras un ataque suicida en el episodio n° 78 es uno de los momentos inolvidables de la serie, sólo superado por el episodio siguiente, en el que el Dr. Hell inaugura una estatua en su homenaje y le pone su nombre y rostro a un nuevo monstruo mecánico.

-El blanco de los villanos. En los primeros episodios los monstruos mecánicos del Dr. Hell -en la mejor tradición nipona- se manifestaban en plena ciudad sembrando allí el caos, la muerte y la destrucción. En el mejor de los casos aparecían en alta mar y hundían barcos llenos de pasajeros inocentes. Tanto Mazinger como Afrodita, obligados a combatirlos en esos espacios comprometidos, con frecuencia pasaban eventualmente a ser responsables indirectos de la destrucción de un edificio al correr para esquivar un puñetazo o un rayo. Esto es tan así que, en un capítulo antológico, el Barón Ashler decide aprovechar el cansancio popular ante tanto sacrificio y se convierte en agitador callejero con un argumento irrefutable: eliminar a Koji implica eliminar la causa por la que el Dr. Hell envía a sus monstruos a arrasar la ciudad. La gente, enardecida por años de gigantes destructores de viviendas, apedrea a Koji sin que éste alcance a entender exactamente qué es lo que pasa. Pero a medida que la serie avanza, los esfuerzos del Dr. Hell y sus secuaces se apartan de la ciudad y se concentran en el laboratorio fotónico, aunque no se sabe si eso sucede porque Go Nagai quiso reducir el grado de violencia gratuita de los episodios o porque ya no quedaba ciudad para destruir.

 

ESTILO Y NARRATIVA

La evolución de la serie también trajo cambios de diseño y hacia el final se advierte, por ejemplo, que tanto Sayaka como Koji ya no son tan jóvenes como cuando empieza la historia. El estilo gráfico y narrativo, en cambio, más que modificarse con la sucesión de capítulos, parece depender de la aplicación de sus responsables ya que hay marcadas diferencias de calidad entre episodios de la misma época, evidenciando la mano de distintas unidades de producción. En todo caso, no debe ser casual que los mejores episodios sean también los que están mejor realizados.

 

 

El gran destructorTodos los lugares comunes del dibujo animado japonés ya están aquí: los movimientos cruciales resumidos en una serie continua de sobreimpresiones, los dibujos fijos que condensan largas horas de destrucción en un solo impacto, los colores rabiosos, las tomas con cámara multiplana, el temblor resuelto con un par de dibujos cuando el personaje entra en algún estado de tensión. Ocasionalmente la animación propiamente dicha es excelente, con un ejemplo mayor en el episodio n° 20, que además concreta toda una fantasía infantil: Ashler entrega su monstruo mecánico de turno al gordito de clase, quien ha acumulado tanto odio contra sus compañeros que goza ante la posibilidad de tener la herramienta perfecta para aniquilarlos. En ese capítulo en particular es casi obscena la diferencia de animación que hay entre los robots y los niños, mucho más cuidada, hasta el extremo de recordar la calidad de los primeros trabajos de Hayao Miyazaki.

Como buen dibujo japonés y a diferencia de otras series posteriores más solemnes (y crípticas), Mazinger Z abunda en drama y comedia, presentados de manera tan polarizada como las máscaras del teatro griego.

Boss y sus compañeros concentran las mayores dosis de humor de la serie, especialmente desde que participan activamente en los combates junto a Mazinger y Afrodita con el Robot Boss, un aparato fabricado con desperdicios y antigüedades. Una mirada más o menos atenta sobre la cabina de mando del Robot Boss revela un reloj de péndulo, una radio a válvula, un sistema de comunicación neumático, el volante de un Ford T y otros anacronismos. Con este personaje y con sus conductas, que permanentemente remiten a una tradición japonesa olvidada por el resto de los personajes, Go Nagai instala la parodia del universo que él mismo ha creado, se ríe de sus propios lugares comunes antes que lo hagan otros. De hecho, hay mucho del Robot Boss en un segmento del largometraje Robot Carnival (1987) que satiriza la fiebre robótica nipona trasladando una batalla de monstruos mecánicos al Japón Imperial. Esa negativa a tomarse a sí misma en serio aumenta la vigencia de la serie.

Nagai también insertó formas de humor autoreferencial en otros personajes. En uno de los primeros episodios Koji lee historietas con sus propias aventuras y hay alguna mención a un club femenino de fans. En el episodio n° 52 hay un homenaje explícito, incorporado a la trama, a la historieta de samuráis Lobo solitario (de Koike Kazuo y Kojima Gozeki) cuya popularidad en esos mismos años (1972-74) había derivado en una espectacular serie de largometrajes (ver Film, n° 33).

Los elementos dramáticos (o melodramáticos, más bien) de cine de animación japonés alguna vez deberían ser analizados en serio por alguien que sepa. En todo caso, hay episodios de Mazinger que alcanzan desbordes emotivos dignos de Candy-Candy, con abundancia de imaginería religiosa (3). Nadie encontrará una referencia a Dios (ni al cristianismo en general) en ningún dibujo norteamericano, quizá por aquello de que no hay que tomar su nombre en vano. Los japoneses, en cambio, no tienen ningún problema: en el episodio n° 67 Koji se enamora locamente de un bello cibernético de ojos oscuros que ha sido enviado para destruirlo por el Barón Ashler.

Sin embargo, el artefacto reniega de su condición y le pide al Señor (por medio de su símbolo, la cruz) el milagro de dotarlo (o dotarla) de humanidad. A diferencia de lo que podría pensarse, el Señor concede el milagro y la hermosa androide, feliz, se sacrifica para salvar a Koji ahorrándole de paso los impredecibles peligros de fornicar con un aparato a transistores.

Los robots nobles y sentimentales ya eran un lugar común desde el legendario Astroboy de Osamu Tezuka, pero en Mazinger Z alcanzan verdaderos paroxismos. Así, algunos otros monstruos mecánicos escaparon memorablemente a las previsiones del Dr. Hell y por lo tanto a la potencial monotonía de la serie, como Espartano K5, un bruto noble que sólo combatía cuando lo atacaban y prefería echarse en el césped a dormir la siesta. Sobre el final de la serie apareció otro robot (cuyo nombre no recuerdo) que, por estar dotado del sentido del honor de un samurai, combatía dignamente y se ganaba el respeto de Koji. De todos estos aparatos inusuales, el más notable fue el robot Minerva, que pese a las órdenes del Dr. Hell no podía enfrentar a Mazinger porque, en realidad, había sido creada por el Dr. Kabuto como su compañera. Por desgracia, Nagai no volvió a utilizar este bello personaje en capítulos posteriores.

 

El final de MazingerEn términos generales, la serie se pone más aburrida hacia al final, con excepción de los últimos tres episodios que son también los más traumáticos. En el n° 90 Shiro extraña a su mamá (muerta años atrás en un accidente) y, como es usual, el episodio se vale de esa premisa para pendular entre la comedia más absurda y el drama más terrible. Primero los distintos personajes de la serie, incluyendo a Boss vestido de geisha, tratan de reemplazar a la madre ausente. Después, el Dr. Hell envía un androide a imagen y semejanza de la madre que engaña perfectamente a Shiro y está a punto de hacer lo propio con su hermano mayor Koji. En un final que hay que ver para creer, Shiro se ve obligado a liquidar a tiros a esa imagen de su propia madre, cosa que sucede de la forma más tremenda y dolorosa posible. Bastante terribles son también los dos últimos capítulos, en los que Mazinger, Diana A y Boss atacan el refugio del Dr. Hell, quedan bastante maltrechos y son salvados por un nuevo Mazinger, más forzudo, salido de no se sabe dónde. En pocos e insuficientes minutos, el profesor Yumi descubre que el padre de Koji y Shiro (e hijo del Dr. Kabuto) está vivo y ha invertido sus años de clandestinidad construyendo un nuevo robot y entrenando al joven piloto Tetsuya para reemplazar a Mazinger el día que hiciera falta. El Dr. Hell y el Conde Decapitado mueren en esa última batalla, pero al mismo tiempo el Duque Gorgón se sumerge en las profundidades para invocar a su amo, el Señor de las Tinieblas. El desarrollo de esas dos nuevas líneas argumentales derivó en una segunda serie, Great Mazinger, de la que hubo 56 episodios entre 1974 y 1975, pero que nunca llegó a verse en estos lugares de América.

 

DIGRESIÓN AUTOBIOGRÁFICA Y EXORCISMO

¡Oh, cuántos recuerdos...! Snif... En Sudamérica la primicia se tuvo hacia 1978 ó 1979 para quienes contaban con proyectores caseros de súper 8mm, cuando una empresa anónima editó varios episodios de la serie en ese formato, un poco condensados y con doblaje español. Se trataba de una caja blanca y azul con la única inscripción “Mazinger Z” y el dibujo del robot homónimo. El episodio se llamaba “Afrodita A capturada”.

Hacia 1981 llegó la serie completa por canal 9 de Argentina en Sudamérica, por Imevisión o Canal 10 en México, cita ineludible mientras duró. Todo ese año la juventud vivió obsesionado con Mazinger Z, pero hay que confesar que las intensidades emotivas de otros productos orientales ya habían arruinado la vida. Repasemos: -Astroboy sufría porque quería ser humano y nunca lo trataban como tal, empezando por su creador, que lo había fabricado a imagen y semejanza de su hijo (muerto en un accidente) y luego lo había tirado a la mierda al verificar que el pobre robot no crecía, como hubiera crecido su hijo. Ya era bastante fuerte que a un personaje de dibujo animado se le muriera un hijo en un accidente, pero que además trasladara ese dolor a su otra prole era increíble, de tan real. Existe también otro episodio en el que una extraña y adorable criatura sufría toda clase de rechazos hasta que se moría y, al ser enterrada, producía una flor. Ante ese curioso acontecimiento, Astroboy reflexionaba que, como el pobre bicho era en realidad una semilla, alcanzaba su realización en la flor y por lo tanto no había que entristecerse. Si alguien ha pergeñado una mejor manera de explicar a los niños el sentido de la creación artística, yo no me enteré.

Gadaraka destruye China, no Japón-Tritón sufría no porque medio universo marino quisiera aniquilarlo, sino por no saber exactamente qué cosa era, si hombre o pez. ¿Qué cosa era? No me acuerdo. Pero sufría.

-Robin (del planeta Jopa) sufría porque era terráqueo y había quedado varado en un planeta de petisos. En un episodio trataba de volver volando a la Tierra, reencontrarse ya no importaba si era con su familia o con cualquier otro ser humano. Pero no podía: alcanzado cierto límite no volaba más y caía fatalmente al suelo de su planeta adoptivo. Los petisos trataban de consolarlo, sin mucha suerte. Eso era la soledad.

-El Capitán Centella no sufría, era un superhéroe que andaba en moto con el rostro tapado. Pero los que sufrían como locos eran los villanos, porque en realidad eran losers reclutados por un científico loco, transformados en monstruos horripilantes y prolijamente aniquilados por el Capitán. Hay un capítulo en el que el científico convencía a un pobre tipo, aplastado por la sociedad, por los celos, por la desgracia, de que si se volvía monstruo podría vengarse de todos. Y el tipo tardaba en decidirse pero al final accedía y se transformaba en una especie de oruga inmunda de 20 metros que salía a hacer pomada la ciudad de Tokio. Pero lo más terrible no era eso. Lo más terrible era que, cuando el pobre tipo volvía a su estado normal y comprendía las consecuencias de sus actos, se arrepentía y sufría como loco. Ya era tarde. El científico loco controlaba sus transformaciones pese a los dolorosos esfuerzos del pobre tipo para evitarlo. Algunas series mucho más modernas y efectistas (como Urotzukidoji, ver Film n° 9) retomaban cuestiones parecidas.

Resumiendo un poco. El anime (ahora le dicen anime, pero para nosotros eran, simplemente, “dibujitos japoneses”) tenía más relación con la vida que cualquier otro producto similar norteamericano. Generalizando groseramente, digamos que los superhéroes americanos castigaban a los malos metiéndolos en la cárcel o, en el peor de los casos, aniquilándolos pero de manera aséptica, con un rayo o por medio de una explosión, siempre desde lejos. Los japoneses eran impredecibles pero si el villano moría, después el héroe tenía que arreglárselas con las consecuencias emotivas de esa muerte.

Nunca tuve el gusto de encontrarme por la calle con el Ratón Mickey. En cambio, he reconocido en mí mismo o en mis semejantes conductas básicamente similares a las que vi de chico en los dibujos japoneses. Y todo en su debido contexto, no como en Bambi, donde uno no puede sacarse el sabor de la tragedia de la muerte de la madre durante todo lo que dura el film. Catástrofes generales como la muerte en masa, la violencia y el caos tecnológico, o pequeñas catástrofes íntimas, como la envidia, la hipocresía, los celos y la autocompasión, aparecían en los dibujos japoneses como parte de un todo complejo, enrevesado, en el que también convivían los llamados valores positivos.

 

Mazinger redivivoRecuerdo alguna queja bienpensante, escandalizada por la violencia de Mazinger Z en general, pero sobre todo porque el robot Afrodita A lanzaba sus tetas como misiles. Estamos hablando de 1981 y estoy seguro de que esos mismos bienpensantes no se habían quejado de las atrocidades militares cometidas en la impunidad del poder y de la sombra. Secuestrar, esconder, torturar y asesinar personas estaba bien, pero una ficción oriental para adolescentes estaba mal. El mundo resultó ser tan desastroso y violento como lo describían los dibujos japoneses, lo cual, en todo caso, confirmó que éstos no nos mentían, a diferencia del tío Walt o Hanna & Barbera.

Todas las imágenes, artículos  y demás material son de sus autores, de ninguna manera El Club Chufa se quiere apropiar del derecho de autor y usa el material con afán didáctico y no como propaganda política, como Hitler.

NOTAS

El creador1. En las ficciones del fantástico nipón los diabólicos alemanes surgen una y otra vez, como si la alianza que los japoneses tuvieron con ellos durante la segunda guerra fuera una enfermedad mal curada. Esto puede verse tanto en títulos de ciencia-ficción de los sesenta (Atragón, el submarino atómico, Frankenstein, conquista el mundo) como en producciones animadas más contemporáneas (Urotzukidoji).
2. Este bello análisis de la cuestión pertenece a María Hellemeyer.
3. Las cruces y los conceptos de culpa y trascendencia saturan no sólo esta serie sino muchas otras. ¿Será que la combinación del cristianismo con las tradiciones espirituales locales produjo resultados mucho más atravesados y explosivos que en otras culturas? ¿Quí lo sá?

 


 

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